sábado, 24 de septiembre de 2011

Érase una vez en el Oeste

He vivido casi cuarenta y un años sin saber de la existencia de la película Once Upon a Time in the West. El título de la versión en español, Hasta que llegó su hora, no recoge el aire de melancolía que envuelve toda la película. No se trata de una historia más de spaghetti western; es una obra de arte del director Sergio Leone y, no menos, del compositor Ennio Morricone. Me enamoré de la película por el tema que Morricone compuso para las escenas de Jill McBain (Claudia Cardinale), una música sublime que inunda de tristeza, sin tregua, al espectador.

Es una película en la que priman los primeros planos, en los cuales los rostros de los personajes dominan las escenas y transmiten emociones imposibles de describir con palabras: obsesión, venganza, codicia, desprecio, ternura, compasión, ilusiones, sueños... El tiempo transcurre muy despacio, en ocasiones casi se congela, dando a algunas escenas en las que se alternan los rostros de los personajes un aire de manga japonés. La película, más que hacer pensar, hace sentir, provoca emociones.

Los protagonistas masculinos son tipos duros, con un pasado a cuestas cargado de muerte. Los interpretan magistralmente Henry Fonda, Jason Robards y Charles Bronson. Como en la Trilogía del dólar, de Leone, en la que Clint Eastwood es el hombre sin nombre, aquí lo es Charles Bronson, al que Cheyenne (Jason Robards) describe como el hombre que en lugar de hablar toca una armónica y habla cuando mejor sería que callase. Siempre la lleva consigo y al final se revelará como el talismán de sus oscuros recuerdos. Frank (Henry Fonda) es el hombre malvado sin escrúpulos, capaz de llevar a cabo las mayores atrocidades sin pestañear. Sin embargo, el hombre de la armónica logra revolver en su pasado oscuro y despertar en él una sensación de desasosiego que se va convirtiendo en obsesión. Cheyenne es un famoso y temible bandido, buscado por las fuerzas del orden, que traba simpatía con el hombre de la armónica. Ambos, hombres sin hogar, sin rumbo y sin muchos principios, en presencia de Jill McBain son capaces de sentir compasión y brotes de ternura.

La última escena en la que se encuentran estos tres personajes se desarrolla con pocas palabras, pero despliega tales cruces de miradas, rostros cargados de melancolía, la sonrisa embriagadora de Cardinale, la sonrisa imperceptible de Bronson, la mirada comprensiva de Robards, todo ello al son de la música de Morricone, que la dotan de una emoción arrolladora. El desenlace es triste, pero lleno de paz y de futuro, un futuro en el que la protagonista tendrá que llevar a cabo sola el sueño de una vida, la del hombre que quiso hacerla su esposa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario