Pasa un año más y el momento tan soñado durante once meses
llega por fin. Hacer maletas, emprender viaje y ¡a la playa una semanita! El
viaje es largo pero se pasa deprisa. Llegamos ilusionados al hotel, cenamos,
descansamos y a la mañana siguiente nos espera el primer contacto con el mar.
El día amanece muy soleado, perfecto para broncearse.
Desayunamos y nos preparamos para bajar a la playa. Los últimos dos meses, una
“operación bikini” de emergencia ha dado frutos: podemos salir ahí afuera
dignamente...
Ya estamos aquí: los pies se hunden en la fina arena de la
playa, el sol calienta pero no abrasa y una leve brisa perfumada de sal marina
acaricia suavemente la piel. Buscamos un sitio agradable, extendemos las
toallas, nos echamos cremas protectoras y ¡a vivir, que son dos días!
Abro la novela que he elegido para este verano. El tema
promete. ¡Por fin tengo tiempo para leer! Leo la primera frase, la segunda…
—Papá, ¿juegas conmigo?
—¿Ahora?
Sí, ahora, evidentemente. Si solo he leído media página…
—Déjame leer un poquito más y juego contigo.
Pasa un minuto, he leído otra página.
—¿Ya? ¿Hacemos un castillo de arena?
¡Adiós a la novela, al baño de sol, al plácido descanso…!
Bueno, vamos a hacer un castillo con el niño.
—¿Hacemos uno como el del año pasado, Papi? ¡Con puertas y
pasadizo subterráneo!
—Vale…
Empiezo algo desganado, pero me voy centrando poco a poco.
Venga, primero excavemos un poco para sacar arena mojada, que tiene más
consistencia. Yo empiezo por aquí y tú por allí. Al fin y al cabo, hemos venido
aquí sobre todo por los niños… Levantamos una pared, la otra, alisamos un poco,
igualamos. Esto no tiene mala pinta.
—¡Mamá, mira qué castillo hemos hecho! Ahora vamos a hacer
el pasadizo.
No debería llamarme la atención, pero una vez más me
conmueve que el niño se ilusione con una cosa tan sencilla. En un mundo de
videojuegos hiperrealistas, películas en tres dimensiones y mundos virtuales en
Internet, una estructura improvisada de arena de playa es capaz de estimular la
imaginación de un niño y recordar a su padre que unos minutos de juego entre
los dos son muy valiosos para él.
Muy valiosos para el niño… pero no menos para el padre. El
niño ya no es tan pequeño. No sé cuántos años le quedarán de castillos en la
playa; éste podría ser el último… Repentinamente, siento nostalgia. Lo tengo a
mi lado, disfrutando mientras jugamos juntos, pero me entra miedo de perder
algo que el tiempo no devolverá. De pronto no quiero que crezca, me entra un
deseo enorme de que siga siendo así siempre: solo un niño, dulce, inocente,
impaciente y juguetón, y que me pida muchas veces que haga castillos de arena
con él. ¡Qué contradicción! Si toda mi vida está orientada para ayudarle a
crecer… Haré muchos castillos, ¡te lo prometo!, pero no crezcas, por favor,
quédate así, siempre queriendo estar a mi lado, jugando conmigo, y yo, a
cambio, daré forma a tus sueños: construiré castillos, torres, pirámides
egipcias… Pero no me dejes solo, no consientas que me acomode, no permitas que
me distraiga y deje que mi tiempo se consuma en necesarios pero insulsos
quehaceres cotidianos, pasando por alto y perdiendo por el camino la magia de
la vida.
(Publicado en la revista La Apa del Colegio Valdeluz, nº 61, junio de 2012)