lunes, 31 de diciembre de 2012

Centenario de Manuel Gómez Purriños


          Manuel Gómez Purriños nació el 13 de enero de 1913. Es natural de Adragonte, concejo de Paderne, provincia de La Coruña, hijo de Juan Gómez Lorenzo y Francisca Purriños Crespo. El matrimonio tuvo un total de ocho hijos vivos.
          Asistió a la escuela de Adragonte de don Segundo Alonso Romero, quien, procedente de Soria, ejerció la profesión de maestro en la mencionada localidad gallega, donde se afincó definitivamente. Manuel destacó en la escuela por su inteligencia y dedicación, especialmente en las materias de matemáticas y lengua española, y llegó a desarrollar una brillante caligrafía. Debido a su interés por el estudio, volvió a la escuela pasado el periodo escolar, asistiendo a clase nocturna para compaginarlo con las exigentes tareas de la economía familiar. Ha sido notoria la impronta de su maestro en su formación.

          Realizó puntualmente el servicio militar en la base de la Marina en La Graña, cerca de Ferrol. Poco después de terminar el servicio, tuvo que alistarse en el Ejército de Tierra para combatir en las filas del bando nacional durante la Guerra Civil Española. Participó como soldado de infantería en diversas campañas, por ejemplo, en las proximidades de Zaragoza. Compartió destino con soldados italianos en la brigada Flechas Negras y experimentó la dureza de la guerra, como tantos miles de jóvenes españoles que tuvieron que enfrentarse armas en mano.
          Terminada la guerra, se casó con Rosa Golpe Porto, natural de Corujóu, con quien estuvo unido hasta el fallecimiento de esta hace unos años, y tiene un hijo de nombre Manuel. Algunos de sus hermanos encontraron un modo de vida en la comarca, mientras que otros se vieron obligados a buscarlo allende los mares en América Latina o en Europa.
          Manuel ha sido un trabajador infatigable y un buen administrador de los recursos. Su actividad siempre ha estado ligada al trabajo en el campo. Cultivó diversos productos de la tierra, entre los que destaca el del lúpulo hasta su decadencia. La actividad de la que obtuvo más beneficios fue el comercio de porcino. Este negocio exige visión y mucho dinamismo, lo que le obligó a recorrer de principio a fin todos los caminos y vericuetos de la provincia de La Coruña para comprar cerdos en cualquier rincón donde pudiera haberlos y después venderlos en las ferias de las localidades principales, como Betanzos, Arzúa, Curtis, Payosaco, Carballo o La Viña. La trata de cerdos, para ser eficiente, exige el uso de un medio de transporte que permita trasladar un gran número de animales a las ferias, lo que obligó a Manuel a realizar inversiones, primero un carro y un caballo; más adelante, una vez que su hijo se hubo incorporado a la economía familiar, una camioneta.
          A lo largo de su siglo de vida, Manuel ha sido testigo de la transformación del campo gallego, paradigma del atraso económico en los tiempos de preguerra, digno ejemplo de prosperidad y laboriosidad en no pocos casos en la actualidad. Si en los tiempos de la Segunda República las aldeas estaban mal comunicadas y sin servicios, la situación no mejoró mucho durante las dos primeras décadas de la Posguerra. Más adelante, Manuel, como muchos de sus paisanos gallegos, experimentó los beneficios de la concentración parcelaria, que mitigó la ineficiencia inherente al minifundio de la tierra. Asimismo, presenció el crecimiento de una red de carreteras que progresivamente iba llevando el asfalto a más y más lugares de la región, facilitando así el transporte de personas y mercancías.
          Ha sido siempre un devoto amante de la misma tierra que le ha dado de comer. Prueba de ello es el cultivo de frutales que siempre han abundado en su huerta y su afición por los injertos. A pesar de las adversidades de los primeros años o décadas de su vida, siempre cuidó, en la medida de sus posibilidades, la dieta alimenticia, siendo rica en verduras y en frutas, y ha bebido agua en abundancia. Durante gran parte de su vida, usó agua fría para ducharse. Sin duda, estos hábitos han influido en la excelente salud de que ha gozado.
          Manuel ha mantenido el gusto por la lectura hasta una edad avanzada, interesándose por las materias que estudiaban en el colegio sus nietos. Leía el periódico cuando llegaba a sus manos y se mantenía al día de las noticias. En su juventud tuvo la oportunidad de aprender a jugar a las damas y practicó ese juego de mesa ocasionalmente. Tras muchos años aparcado, inesperadamente volvió a disfrutar del juego en su ancianidad con las visitas del yerno de su hijo, a quien también gustaba de desafiar amistosamente en el campo de la geografía o la gramática.
          Hasta los noventa años de edad, aproximadamente, ha estado activo y se desenvolvía de forma autónoma. Desde entonces, el declive propio de la senectud ha ido comiéndole terreno. En la actualidad, solamente con ayuda es capaz de caminar unos pocos metros al día y de comer. Su juicio se ha ido debilitando los últimos años, y una simpática desinhibición se ha abierto camino entre su siempre cuidada educación.
          El buen humor reina en su tenue actividad diaria y su presencia en el hogar representa el recuerdo vivo de una vida lograda. Siempre que las obligaciones lo permiten, una nueva generación de biznietos trae la alegría y cierto alboroto a su hogar. Su hijo y su nuera procuran con todo su cariño que los días que aún haya de vivir transcurran del modo más sosegado y placentero posible.

sábado, 29 de diciembre de 2012

El tiempo perdido


Cuando mi hijo era pequeño, de dos o tres años, un día tiró un coche de juguete por la ventana, probablemente para comprobar si hacía mucho ruido al golpear el suelo, o tal vez para someter a su propio escrutinio la ley de la gravitación universal. Bajé corriendo a la calle para recogerlo y me encontré a unos señores mayores que habían observado la maniobra que me riñeron bastante molestos y escandalizados al haber visto pasar de cerca el proyectil arrojado desde nuestro piso. “¿Qué habría pasado si llega a darnos en la cabeza a uno de nosotros?”, me dijo un señor. Aunque ahora me hace gracia cuando recuerdo el episodio, en aquel momento estaba bastante enfadado con el niño y no tenía ganas de dar explicaciones. Ya intentaba yo por todos los medios ser un buen padre y estar pendiente de las travesuras infantiles sin necesidad de que nadie me lo dijera. “¿Qué se pensaba ese buen hombre?”, me decía a mí mismo, “¿que yo no tenía otra cosa que hacer que perder el tiempo con los juguetes de mis niños?” No sé si me disculpé, pero sí recuerdo que dije una estupidez de este estilo: “si le hubiera dado a uno de ustedes, me temo que yo tendría que ir a la cárcel”. Subí deprisa a casa y puse a buen recaudo el cochecito. Supongo que el experimento fue suficientemente satisfactorio para el niño porque no se repitió.

Hace falta mucha paciencia y hay que dedicar mucho tiempo a nuestros hijos. Sobra decir que ni lo uno ni lo otro son suficientes nunca. Tenemos demasiadas ocupaciones. La riqueza y el potencial que entraña cada niño son infinitos si se comparan con lo limitados que son nuestros recursos, no solo la paciencia y el tiempo, sino nuestra experiencia, conocimientos, saber hacer. Todo lo que podemos hacer es acompañarlos durante un tiempo en su caminar por la vida, domesticarlos un poco cuando son pequeños, cuidarlos con el cariño con que se cuida a una rosa, regándola con suavidad, apreciando su belleza y obviando sus espinas. El tiempo que dediquemos a nuestros niños queda grabado y nos hace responsables para siempre de su porvenir.

“El tiempo que perdiste con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…”

Dedicado a mi madre, que me dio a conocer la sabiduría de El Principito, y a mi padre, por haber perdido tanto tiempo juntos domesticándome.

(Publicado en la Revista del APA del Colegio Valdeluz)

sábado, 30 de junio de 2012

Castillos de arena


Pasa un año más y el momento tan soñado durante once meses llega por fin. Hacer maletas, emprender viaje y ¡a la playa una semanita! El viaje es largo pero se pasa deprisa. Llegamos ilusionados al hotel, cenamos, descansamos y a la mañana siguiente nos espera el primer contacto con el mar.

El día amanece muy soleado, perfecto para broncearse. Desayunamos y nos preparamos para bajar a la playa. Los últimos dos meses, una “operación bikini” de emergencia ha dado frutos: podemos salir ahí afuera dignamente...

Ya estamos aquí: los pies se hunden en la fina arena de la playa, el sol calienta pero no abrasa y una leve brisa perfumada de sal marina acaricia suavemente la piel. Buscamos un sitio agradable, extendemos las toallas, nos echamos cremas protectoras y ¡a vivir, que son dos días!

Abro la novela que he elegido para este verano. El tema promete. ¡Por fin tengo tiempo para leer! Leo la primera frase, la segunda…

—Papá, ¿juegas conmigo?

—¿Ahora?

Sí, ahora, evidentemente. Si solo he leído media página…

—Déjame leer un poquito más y juego contigo.

Pasa un minuto, he leído otra página.

—¿Ya? ¿Hacemos un castillo de arena?

¡Adiós a la novela, al baño de sol, al plácido descanso…! Bueno, vamos a hacer un castillo con el niño.

—¿Hacemos uno como el del año pasado, Papi? ¡Con puertas y pasadizo subterráneo!

—Vale…

Empiezo algo desganado, pero me voy centrando poco a poco. Venga, primero excavemos un poco para sacar arena mojada, que tiene más consistencia. Yo empiezo por aquí y tú por allí. Al fin y al cabo, hemos venido aquí sobre todo por los niños… Levantamos una pared, la otra, alisamos un poco, igualamos. Esto no tiene mala pinta.

—¡Mamá, mira qué castillo hemos hecho! Ahora vamos a hacer el pasadizo.

No debería llamarme la atención, pero una vez más me conmueve que el niño se ilusione con una cosa tan sencilla. En un mundo de videojuegos hiperrealistas, películas en tres dimensiones y mundos virtuales en Internet, una estructura improvisada de arena de playa es capaz de estimular la imaginación de un niño y recordar a su padre que unos minutos de juego entre los dos son muy valiosos para él.

Muy valiosos para el niño… pero no menos para el padre. El niño ya no es tan pequeño. No sé cuántos años le quedarán de castillos en la playa; éste podría ser el último… Repentinamente, siento nostalgia. Lo tengo a mi lado, disfrutando mientras jugamos juntos, pero me entra miedo de perder algo que el tiempo no devolverá. De pronto no quiero que crezca, me entra un deseo enorme de que siga siendo así siempre: solo un niño, dulce, inocente, impaciente y juguetón, y que me pida muchas veces que haga castillos de arena con él. ¡Qué contradicción! Si toda mi vida está orientada para ayudarle a crecer… Haré muchos castillos, ¡te lo prometo!, pero no crezcas, por favor, quédate así, siempre queriendo estar a mi lado, jugando conmigo, y yo, a cambio, daré forma a tus sueños: construiré castillos, torres, pirámides egipcias… Pero no me dejes solo, no consientas que me acomode, no permitas que me distraiga y deje que mi tiempo se consuma en necesarios pero insulsos quehaceres cotidianos, pasando por alto y perdiendo por el camino la magia de la vida.