Manuel Gómez Purriños nació el 13 de enero de 1913. Es
natural de Adragonte, concejo de Paderne, provincia de La Coruña, hijo de Juan
Gómez Lorenzo y Francisca Purriños Crespo. El matrimonio tuvo un total de ocho
hijos vivos.
Asistió a la escuela de Adragonte
de don Segundo Alonso Romero, quien, procedente de Soria, ejerció la profesión
de maestro en la mencionada localidad gallega, donde se afincó definitivamente.
Manuel destacó en la escuela por su inteligencia y dedicación, especialmente en
las materias de matemáticas y lengua española, y llegó a desarrollar una
brillante caligrafía. Debido a su interés por el estudio, volvió a
la escuela pasado el periodo escolar, asistiendo a clase nocturna para
compaginarlo con las exigentes tareas de la economía familiar. Ha sido notoria
la impronta de su maestro en su formación.
Realizó puntualmente el servicio
militar en la base de la Marina en La Graña, cerca de Ferrol. Poco después de
terminar el servicio, tuvo que alistarse en el Ejército de Tierra para combatir
en las filas del bando nacional durante la Guerra Civil Española. Participó
como soldado de infantería en diversas campañas, por ejemplo, en las
proximidades de Zaragoza. Compartió destino con soldados italianos en la
brigada Flechas Negras y experimentó la dureza de la guerra, como tantos miles
de jóvenes españoles que tuvieron que enfrentarse armas en mano.
Terminada la guerra, se casó con
Rosa Golpe Porto, natural de Corujóu, con quien estuvo unido hasta el
fallecimiento de esta hace unos años, y tiene un hijo de nombre Manuel. Algunos
de sus hermanos encontraron un modo de vida en la comarca, mientras que otros
se vieron obligados a buscarlo allende los mares en América Latina o en Europa.
Manuel ha sido un trabajador
infatigable y un buen administrador de los recursos. Su actividad siempre ha
estado ligada al trabajo en el campo. Cultivó diversos productos de la tierra,
entre los que destaca el del lúpulo hasta su decadencia. La actividad de la que
obtuvo más beneficios fue el comercio de porcino. Este negocio exige visión y
mucho dinamismo, lo que le obligó a recorrer de principio a fin todos los
caminos y vericuetos de la provincia de La Coruña para comprar cerdos en
cualquier rincón donde pudiera haberlos y después venderlos en las ferias de
las localidades principales, como Betanzos, Arzúa, Curtis, Payosaco, Carballo o
La Viña. La trata de cerdos, para ser eficiente, exige el uso de un medio de
transporte que permita trasladar un gran número de animales a las ferias, lo
que obligó a Manuel a realizar inversiones, primero un carro y un caballo; más
adelante, una vez que su hijo se hubo incorporado a la economía familiar, una camioneta.
A lo largo de su siglo de vida,
Manuel ha sido testigo de la transformación del campo gallego, paradigma del
atraso económico en los tiempos de preguerra, digno ejemplo de prosperidad y
laboriosidad en no pocos casos en la actualidad. Si en los tiempos de la
Segunda República las aldeas estaban mal comunicadas y sin servicios, la
situación no mejoró mucho durante las dos primeras décadas de la Posguerra. Más
adelante, Manuel, como muchos de sus paisanos gallegos, experimentó los
beneficios de la concentración parcelaria, que mitigó la ineficiencia inherente
al minifundio de la tierra. Asimismo, presenció el crecimiento de una red de
carreteras que progresivamente iba llevando el asfalto a más y más lugares de
la región, facilitando así el transporte de personas y mercancías.
Ha sido siempre un devoto amante
de la misma tierra que le ha dado de comer. Prueba de ello es el cultivo de
frutales que siempre han abundado en su huerta y su afición por los injertos. A
pesar de las adversidades de los primeros años o décadas de su vida, siempre
cuidó, en la medida de sus posibilidades, la dieta alimenticia, siendo rica en verduras
y en frutas, y ha bebido agua en abundancia. Durante gran parte de su vida, usó
agua fría para ducharse. Sin duda, estos hábitos han influido en la excelente salud
de que ha gozado.
Manuel ha mantenido el gusto por
la lectura hasta una edad avanzada, interesándose por las materias que
estudiaban en el colegio sus nietos. Leía el periódico cuando llegaba a sus
manos y se mantenía al día de las noticias. En su juventud tuvo la oportunidad
de aprender a jugar a las damas y practicó ese juego de mesa ocasionalmente. Tras
muchos años aparcado, inesperadamente volvió a disfrutar del juego en su
ancianidad con las visitas del yerno de su hijo, a quien también gustaba de
desafiar amistosamente en el campo de la geografía o la gramática.
Hasta los noventa años de edad,
aproximadamente, ha estado activo y se desenvolvía de forma autónoma. Desde
entonces, el declive propio de la senectud ha ido comiéndole terreno. En la
actualidad, solamente con ayuda es capaz de caminar unos pocos metros al día y
de comer. Su juicio se ha ido debilitando los últimos años, y una simpática
desinhibición se ha abierto camino entre su siempre cuidada educación.
El buen humor reina en su tenue
actividad diaria y su presencia en el hogar representa el recuerdo vivo de una
vida lograda. Siempre que las obligaciones lo permiten, una nueva generación de
biznietos trae la alegría y cierto alboroto a su hogar. Su hijo y su nuera procuran
con todo su cariño que los días que aún haya de vivir transcurran del modo más
sosegado y placentero posible.