domingo, 22 de mayo de 2011

San Manuel Bueno, mártir. Miguel de Unamuno


San Manuel Bueno, mártir es una novela corta de madurez que sintetiza el sentimiento trágico de la vida, de la vida cotidiana, la más auténtica para Unamuno, la tragedia de haber nacido para tener que morir.

El protagonista es don Manuel, el cura párraco de Valverde de Lucerna, un pueblo situado cerca de un lago, éste al pie de unas montañas, motivos orográficos que sirven para establecer un símil literario recurrente a lo largo de la novela entre el misterio de la nieve que cae de las montañas y todo lo envuelve (simbolizando la fe) y el lago cuyas aguas todo lo disuelven (simbolizando la razón).

Don Manuel está completamente entregado al pueblo, un pueblo que lo admira como a un verdadero padre espiritual que lo guía por las dificultades de la vida. Deshace rencillas, ayuda a los necesitados, acompaña a los enfermos y a los moribundos y se esfuerza por mantener la fe de todos y por convertir a los que no creen. Es, en definitiva, un perfecto pastor de sus ovejas, un santo en vida.

Sin embargo, a medida que avanza la historia, se nos van revelando las dudas de don Manuel, las mismas que el propio Unamuno dejó traslucir en todos los escritos en los que trató el asunto de la vida perdurable. Concretamente, don Manuel se sentía incapaz de pronunciar, durante la misa, las palabras del credo “creo en la resurrección de la carne y en la vida perdurable”. Esta duda, insinuada en los primeros capítulos, alcanza su punto álgido durante el proceso de conversión de Lázaro, el hermano de Ángela, la narradora.

Frente al grueso del pueblo, felizmente pobre de espíritu, Lázaro representa al hombre culto de su tiempo. Él mismo, ateo, duda de que don Manuel crea realmente lo que enseña acerca de la resurrección. Desde que Lázaro llega al pueblo, don Manuel se vuelca en tratar de hacerle creyente, hasta que en un punto de inflexión de la novela le confiesa a Lázaro amargamente que él mismo no es capaz de creer en la otra vida. Esta agónica duda atormenta a don Manuel y la combate mediante la vida activa de entrega a sus feligreses, la cual le permite huir de la soledad de sus pensamientos.

Unamuno ensalza el papel de la religión como consuelo de la desdicha de haber nacido para morir. La religión ofrece a la gente sencilla la ilusión de la vida perdurable. Don Manuel, incapaz de creer, y con él Lázaro después, encuentra su consuelo en consolar a los demás. Salvando las enormes diferencias, Unamuno llega a admitir la calificación de la religión como opio del pueblo, según la cita de Marx. Mientras que Marx utilizó la metáfora para criticar la religión, Unamuno ensalza su función social y psicológica, incluso ante la trágica situación de no creer en su contenido fundamental: la promesa de una vida perdurable. Pero la religión hace soñar y soñar es necesario para vivir y, ante todo, ¡hay que vivir!.

Tras la muerte de don Manuel y de Lázaro, Ángela reflexiona sobre la falta de fe de ambos y se pregunta si Dios no los habría hecho incrédulos a propósito por alguna misteriosa razón. A esta duda le sigue una serie de preguntas que la narradora formula acerca de su propia fe y, así, entre dudas y preguntas, en un ambiente tan característicamente unamuniano, concluye la narración.

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