Cuando mi
hijo era pequeño, de dos o tres años, un día tiró un coche de juguete por la
ventana, probablemente para comprobar si hacía mucho ruido al golpear el suelo,
o tal vez para someter a su propio escrutinio la ley de la gravitación
universal. Bajé corriendo a la calle para recogerlo y me encontré a unos
señores mayores que habían observado la maniobra que me riñeron bastante
molestos y escandalizados al haber visto pasar de cerca el proyectil arrojado
desde nuestro piso. “¿Qué habría pasado si llega a darnos en la cabeza a uno de
nosotros?”, me dijo un señor. Aunque ahora me hace gracia cuando recuerdo el
episodio, en aquel momento estaba bastante enfadado con el niño y no tenía
ganas de dar explicaciones. Ya intentaba yo por todos los medios ser un buen
padre y estar pendiente de las travesuras infantiles sin necesidad de que nadie
me lo dijera. “¿Qué se pensaba ese buen hombre?”, me decía a mí mismo, “¿que yo
no tenía otra cosa que hacer que perder el tiempo con los juguetes de mis
niños?” No sé si me disculpé, pero sí recuerdo que dije una estupidez de este
estilo: “si le hubiera dado a uno de ustedes, me temo que yo tendría que ir a
la cárcel”. Subí deprisa a casa y puse a buen recaudo el cochecito. Supongo que
el experimento fue suficientemente satisfactorio para el niño porque no se
repitió.
Hace
falta mucha paciencia y hay que dedicar mucho tiempo a nuestros hijos. Sobra decir
que ni lo uno ni lo otro son suficientes nunca. Tenemos demasiadas ocupaciones.
La riqueza y el potencial que entraña cada niño son infinitos si se comparan
con lo limitados que son nuestros recursos, no solo la paciencia y el tiempo,
sino nuestra experiencia, conocimientos, saber hacer. Todo lo que podemos hacer
es acompañarlos durante un tiempo en su caminar por la vida, domesticarlos un
poco cuando son pequeños, cuidarlos con el cariño con que se cuida a una rosa,
regándola con suavidad, apreciando su belleza y obviando sus espinas. El tiempo
que dediquemos a nuestros niños queda grabado y nos hace responsables para
siempre de su porvenir.
“El
tiempo que perdiste con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante. Eres
responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…”
Dedicado a mi madre, que me dio a conocer la
sabiduría de El Principito, y a mi padre, por haber perdido tanto tiempo juntos
domesticándome.
(Publicado en la Revista del APA del Colegio Valdeluz)
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